La misma variedad de uva sabe distinta según dónde se cultive. Ese conjunto de factores —suelo, clima, altitud, orientación y mano humana— se resume en una palabra francesa: terroir. Es la razón por la que un vino «habla» del lugar del que procede.
España es el país con mayor superficie de viñedo del planeta y uno de los tres mayores productores de vino del mundo. Su viñedo se extiende por casi todas las comunidades autónomas, lo que da lugar a una enorme diversidad de climas, suelos y estilos.
En tintos brillan Rioja y Ribera del Duero, el Priorat (tintos potentes) y otras zonas con carácter propio como Toro, el Bierzo, Jumilla y Yecla. Los rosados tienen larga tradición en Navarra y Cigales, con la garnacha como protagonista. En blancos, Galicia lidera los atlánticos, con los albariños de Rías Baixas y la godello de Valdeorras, Ribeiro y la Ribeira Sacra; Rueda es sinónimo de verdejo, y el txakoli vasco aporta blancos ligeros, ácidos y con una leve aguja. Entre los espumosos reina el Cava, elaborado sobre todo en Cataluña por el método tradicional, la misma técnica que el champagne.
Francia es, junto con Italia, uno de los mayores productores de vino del mundo y una referencia internacional en calidad y tradición. Fue, además, el país que creó el concepto moderno de denominación de origen, un sistema que ha servido de modelo a numerosos países.
En tintos, Burdeos es la región más famosa, conocida por sus mezclas de cabernet sauvignon, merlot y cabernet franc. Borgoña destaca por sus monovarietales: la pinot noir da algunos de los tintos más prestigiosos del mundo, y la chardonnay, grandes blancos como los de Chablis. El Valle del Ródano ofrece tintos potentes, con syrah en el norte y mezclas a base de garnacha en el sur.
Entre los blancos, además de los de Borgoña, brillan el Valle del Loira y Alsacia, tierra de blancos aromáticos (riesling, gewürztraminer, pinot gris). La Provenza es la región más reconocida por sus rosados. Y Francia es la cuna del Champagne, el espumoso más famoso del mundo, elaborado por el método tradicional de segunda fermentación en botella.
Italia es uno de los mayores productores de vino del mundo, con una tradición de miles de años y viñedo en prácticamente todo su territorio. Cuenta con más de 540 variedades de uva y un sistema de calidad organizado en denominaciones DOC y DOCG —las más exigentes—, además de las IGT.
En tintos destacan el Piamonte, cuna de la nebbiolo y de los grandes Barolo y Barbaresco, y la Toscana, tierra de la sangiovese y de denominaciones como Chianti y Brunello di Montalcino; en el Véneto sobresale el Amarone de la Valpolicella. Entre los blancos brillan pinot grigio, garganega (Soave) o vermentino. Italia es además famosa por sus espumosos, sobre todo el Prosecco del Véneto, y por sus dulces como el vin santo o el Marsala.
Cuna del Oporto y del Vinho Verde, Portugal es un país pequeño con una riqueza vinícola extraordinaria. Su gran seña de identidad es la diversidad: cuenta con unas 250 variedades autóctonas, muchas de ellas únicas en el mundo.
Predominan los tintos, encabezados por la touriga nacional. El norte concentra los grandes vinos: el Duero —primera región vinícola demarcada del mundo y Patrimonio de la Humanidad— produce tintos potentes en sus viñedos en terraza, mientras que el Dão y la Bairrada aportan otros estilos; al sur, el Alentejo da tintos amplios y aromáticos. En blancos brilla el Vinho Verde, ligero y fresco. Y si por algo es mundialmente célebre Portugal es por sus generosos: el Oporto del valle del Duero, el longevo Madeira y el Moscatel de Setúbal.
Alemania marca el límite norte del cultivo de la vid en Europa, y ese clima frío define el carácter de sus vinos: para que la uva madure, los viñedos se plantan en laderas muy empinadas y soleadas, a menudo siguiendo los meandros del Rin y sus afluentes. El resultado son vinos de gran pureza, ligereza y acidez vibrante.
Es ante todo un país de vino blanco, con la riesling como uva reina, repartido en trece regiones. Su gran zona es el Mosela, de rieslings finos y minerales sobre pizarra; junto a ella destacan el Rheingau, Rheinhessen (la mayor) y el Pfalz. Muchos vinos se clasifican según el grado de madurez de la uva en la vendimia (Kabinett, Spätlese, Auslese…). Aunque dominan los blancos, los tintos de spätburgunder (pinot noir) ganan reconocimiento, sobre todo en el Ahr y en Baden. Y entre sus joyas están los grandes vinos dulces y el espumoso alemán, el Sekt.
Es un vino dulce muy especial que se elabora con uvas congeladas de forma natural en la propia cepa. Nació en Alemania a finales del siglo XVIII, cuando unos viticultores prensaron unas uvas que se les habían helado en la viña y descubrieron, por sorpresa, un vino de una dulzura y complejidad excepcionales.
Las uvas se dejan en la vid mucho más allá de la vendimia habitual, hasta que el frío baja a unos siete grados bajo cero. Solo entonces se recogen, casi siempre de madrugada y a mano, y se prensan aún congeladas: como el agua permanece en forma de hielo, se extrae un mosto muy concentrado en azúcares y aromas. El riesgo es enorme: si el invierno no es lo bastante frío, o si los pájaros y los hongos atacan antes, se puede perder toda la cosecha.
El resultado es un vino dulce e intenso, con una acidez marcada que lo equilibra, poca graduación y aromas que recuerdan a la miel, el melocotón y el albaricoque. Se elabora sobre todo en Alemania (con riesling), Austria y Canadá, gran referente mundial con la variedad vidal.
Fuera de Europa, el vino se identifica sobre todo por la variedad de uva. Los grandes nombres del Nuevo Mundo son Argentina (malbec en Mendoza), Chile (Valle Central), Estados Unidos (Napa y Sonoma), Australia (Barossa), Nueva Zelanda (Marlborough) y Sudáfrica (Stellenbosch).
Chile es una de las grandes potencias vinícolas del Nuevo Mundo y un destino enoturístico de primer nivel. Su geografía única —un país largo y angosto protegido por los Andes y el Pacífico— ofrece el clima ideal para cultivar grandes cepas. Es el cuarto exportador mundial de vino, con predominio de las tintas, encabezadas por el cabernet sauvignon.
Cada valle tiene su identidad. Colchagua es el gran referente del tinto y de la carménère, la cepa que se creía extinta y se redescubrió en Chile. El Maipo es la cuna del vino chileno y patria del cabernet sauvignon. Casablanca, más fresco y oceánico, es el referente de los blancos. Al norte, el Valle del Elqui une vino (sobre todo syrah), pisco y astroturismo; al sur, el Itata conserva cepas patrimoniales como la país y la cinsault.