La Denominación de Origen La Palma ampara variedades ancestrales y prefiloxéricas, procedentes de cepas viejas plantadas en pie franco sobre suelos volcánicos. Sus viñedos se cultivan a distintas cotas de altitud, desde los 200 hasta los 1.400 metros sobre el nivel del mar, bajo un clima atlántico marcado por la influencia de los vientos Alisios.
La viticultura llegó a La Palma hacia 1505 con conquistadores y colonos, cuya diversidad de orígenes y el aislamiento insular dieron pie a una riqueza varietal única. En el siglo XVI su Malvasía conquistó las cortes europeas y el comercio del vino se convirtió en la principal fuente de riqueza del Archipiélago, hasta que el declive de 1848, las plagas y el auge de la platanera a mediados del siglo XX redujeron drásticamente el viñedo. La Denominación de Origen, creada en 1994, invirtió esa tendencia recuperando viñas y variedades y proyectando estos vinos fuera de la isla.
El relieve quebrado de la isla obliga a cultivar en parcelas de formas irregulares, baja densidad y rendimientos escasos, casi imposibles de mecanizar. Al estar la isla libre de filoxera, el viñedo se planta sin injertar y conserva cepas de más de cuarenta años, algunas de Malvasía centenarias, repartidas entre las tres subzonas de la Denominación: Norte, Fuencaliente y Hoyo de Mazo.
Los colonos del siglo XVI llevaron a La Palma variedades hoy rarísimas —malvasía, sabro, bujariego, gual, almuñeco, verdello, albillo, negramoll, listán prieto y listán blanco—, que la filoxera borró del continente tres siglos más tarde. Desde su reconocimiento en 1994, la Denominación de Origen ha reforzado el esfuerzo por conservarlas y promoverlas.
Fotografía: TurisOnRoad